Ya que me encuentro con la mente un tanto "seca" para escribir, quiero postear, o mejor dicho RE-postear este texto que dediqué hace un año a uno de los seres más importantes de mi vida. Mi sobrino, a después de tan sólo un día de su primer aniversario. ¡Felicidades, pedazo de cielo!

¡Te amo, Carlito!

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Dedicada a mi Guerrero, de tan sólo un mes de vida. A mi sobrino.

A Abril del 2006.

Carlito, mi pedazo de cielo:

Era por ahí de un día de esos calurosos de Julio cuando tu mami, entre nervios e ilusiones, y con total alegría reflejada en sus ojos, me dijo que necesitaba decirme algo. Yo sólo sonreí y le dije que se le notaba en su mirada. Sabía lo que me iba a decir. No podíamos creer que te estuviera esperando. ¿Cómo había sido posible que hubieras sido concebido? Te explicaré, angelito.
Resulta que mami había decidido cuidarse un poco más –por un tiempo-, y le pidió a su doctor que le introdujera una cosita llamada Dispositivo Intrauterino. Ya sé que esa expresión en tu rostro es porque ni siquiera te imaginas de qué hablo, pero no es necesario que lo sepas, amor; el caso es que cuando las mamis tienen esa cosita, hace que las cigüeñas confundan el camino y entonces entregan a los bebés a otras mamis que no la tienen. Pero, ¿te fijas, Carlito?, esta cigüeña sí que era inteligente y aun con todo, dio con tu casita y con tu mami. Pensé que eras algo así como “El milagro de las señoras cigüeñas”. Y de hecho, lo fuiste.

Tu mami estaba asustada. En estos tiempos, cielo, para tener otro bebé, después de dos, es necesario tener un buen de dinerito debajo del colchón de mami y papi, además de mucho amor. Temía darles la noticia a tus abuelos, pues quizás le dirían algo como: “Se supone que te estabas cuidando” o “No puedes con dos y ahora otro más”… Yo me molesté y le dije que no tenía por qué preocuparle lo que los demás pudieran decir o pensar; que no temiera al futuro, pues a final de cuentas nunca estaría sola. Pero eso sí Carlito, déjame decirte que tu mami jamás pensó en no tenerte, jamás. Ella es muy valiente, ¿sabes?, es mucho muy fuerte, digna de admirarse, corazón.

Y entonces se llegó la primera visita con el doctor. Cuando tus hermanitas fueron a verme a casa para darme la noticia, casi muero de la emoción al verte en esa ecografía –que es como una fotito tuya cuando estás en la pancita de mami-; se veía perfectamente tu embrioncito formándose. Era como sentirte aun sin conocerte, sin siquiera tenerte dentro mío. No te imaginas lo fuerte que latía mi corazón cada vez que tu mami llevaba a casa esas fotitos de cómo te ibas desarrollando y creciendo mes tras mes.

Y cuando fuimos a la playa en Navidad. ¿Lo recuerdas?, ¿qué sentías dentro de la pancita de mi hermana, bebé?, ¿escuchabas mis cuentos, pedazo de cielo? Cada tarde que tu mami y yo llevábamos a tus hermanitas a jugar a la orilla del mar, nosotras nos sentábamos en la arena contemplando la escena y claro, sin perder de vista a las enanas. Tu mami se empezaba a quedar dormida y entonces, yo, acariciaba su pancita y comenzaba a platicarte. Te sentía, mi amor. Sentía cómo te regocijabas cuando te decía cosas lindas o cómo te alterabas con el bullicio de la gente cuando pasaban cerca nuestro. Me impresionaba que quizá te transmití mi gusto por los ocasos, porque cuando esto sucedía, te movías tanto que hasta despertabas a la dormilona de tu mami. Tus hermanas saben lo que más me gusta y pensé: “Algún día tú también conocerás mis gustos y te enseñaré a amar lo que yo…”
Pensaba y pensaba en ti, no menos de cómo ahora lo hago. Y supimos que serías un hermoso niño, “Al fin un niño”, todos decían. Yo te amaría fueras lo que fueras.

Antes de que continúe platicándote, creo que olvidé mencionar un pequeño detalle, amor. Cuando el doctor de tu mami le confirmó que, efectivamente, habías sido concebido, todos nos preguntábamos cómo había sido posible puesto que mami ya tenía ese Dispositivo del que te hablé momentos antes. Algunos doctores mencionaron que habría algunas complicaciones en la formación de tu embrión o que, incluso, sería un embarazo de alto riesgo, es decir, peligroso, para que me entiendas mejor, Carlito. Pero Dios tiene sus designios para cada quien, mi cielo. Y Él, sólo Él, decide cuántos ángeles enviar a la Tierra y con qué misión. Y entonces naciste. Tu mami dio a luz una madrugada del viernes 24 de Marzo. Había prometido entrar a la sala de parto. Quería captar con mi cámara el momento de tu llegada al mundo; tu primer llanto; tu primer respiro en esta realidad; tus ojitos tan llenos de vida; lo había prometido y no pude hacerlo, al menos yo. ¿Sabes? Días antes de ese maravilloso viernes, tuve un accidente. Nada grave amor, no te asustes. Pero sí fue algo serio. Dios me permitió vivir, una vez más. Y entonces, tiempo después, comprendí algo que… nadie sabe, de hecho, pero que talvez a ti te lo confiese cuando estés sentadito en mi regazo y yo abrazándote fuerte, en algún momento de algún día del resto de nuestras vidas.

Hoy… Carlito. Hoy había sido una noche divina. Un 26 de Abril lindo. Una noche de miércoles normal, mas no ordinaria. Compañía perfecta, risas, amor, mucho amor. Se sentía en el aire, al igual que la felicidad. Llegué a casa contenta. Y mientras me preparaba mi típico licuado de mango, tu abuela se acercó a mí algo seria y me dijo con un tono de melancolía en su voz que… que… Vaya, Carlito. Esto es fuerte para mí. Mi corazón se oprime cada vez que traigo las palabras de mi madre a mi mente. Precioso, tu abuela dijo que… que los doctores, tal y como lo predijeron cuando naciste, te habían examinado hoy y… y tus radiografías mostraban la falta de tres de las vértebras en tu columna; tu tórax muy pequeño y una ligera deformación en tus costillas. Dios, Carlos. Dejé mi licuado a medio terminar y subí a mi cuarto. Ya dentro, no pude evitar el llanto. Le reclamé a Él, sí, sí lo hice. Le cuestioné tanto. “¿Por qué lo permitiste en él, que es apenas un bebé, sin culpa alguna de nada y no en mí durante mi accidente?, ¿por qué no mejor haber sufrido yo, Dios? Habría dado mi vida a cambio de que él estuviera bien. No es justo, Señor, no es justo. ¿Por qué, por qué, por qué?” Tantas veces por qué, hasta que me cansé, amor. Y no obtuve respuesta. Me llegaban mensajes diciéndome que Dios sabía por qué pasaban las cosas de tal o cual manera; que quizá tu misión en esta vida era muy distinta a la que todos pensábamos; que todo estaría bien. Me daban ánimos; me mostraban comprensión a mi dolor, apoyo, compañía. Y mi delirio apenas comenzaba. Mi corazón se hacía añicos. Y sentía un deseo enorme de la ausencia. Te lloraba en silencio, reprimiendo un tremendo grito. Mi habitación se tornó la más oscura de la casa. Esa noche no dormí y si lo hice, no lo recuerdo. Cuando clareó el alba mi voz estaba apagada, mis ganas eran nulas y mi abismo pleno; mis ojos, clavados en el ventanal, ansiaban ver de colores el horizonte, y sí, apareció. Un hermoso arcoiris reflejado por el curso de mis lágrimas y la luz que entraba a mi recámara. Pero yo veía todo gris. Aunque a lo lejos, como siempre, esa lucecita parpadeante. “¿Qué va a pasar?”, constantemente me hacía esa pregunta a mí misma.
Esa mañana, antes de irme a trabajar. Entre el desvelo y mi tristeza, ansié ir a verte; darte un suave beso y musitarte una bendición. Le pedí perdón a Dios por haberme vuelto en Su contra y rogué por ti, por todos. Sentí su Presencia, como en aquella madrugada de ventiscas y plegarias, cuando la vida se me fue en un suspiro y me la devolvió.
Abrí la puerta de tu casa y di gracias de que vivas tan cerca de mí. Tu mami estaba lavando tu ropita y haciendo el quehacer de la casa. Subí a tu habitación y te contemplé dormidito, tan sereno. Me arremetieron unas ganas tremendas de llorar, de llorarte ahí, mi niño, mi ángel, mi milagro; de abrazarte y apretarte para que me sintieras, para que supieras que ahí estaré siempre, siempre, para ti. Cubrí un poco más tu cuerpecito con la sabanita, pues el cuarto estaba fresco. Acomodé tus calcetitas de manera que no te apretaran tanto y seguí contemplándote, con uno de mis dedos entre los tuyos. Y me lo sujetaste con más fuerza que la normal. Y comprendí ese lazo entre tú y yo, Carlito. Fue ahí cuando lo comprendí. Mi sangre hirvió en mis venas y mi corazón palpitó con fuerza, ¿lo sentiste, amor? Sé que sí.
Y ahí estabas tú, mi pedazo de cielo. Tan tranquilo, tan en paz, como si la vida fuera para ti el ocaso más sereno; sin darte cuenta de nada, sin pensar en nada más que en ángeles y en Dios; retomando tus momentos de sosiego mientras esperabas dentro de la pancita de mami; sin tener la más remota idea de lo que la vida le depara a uno conforme se crece. Besé tu cálida frente y sentí cómo rodó una lágrima por mi mejilla, perdón bebé, fue a dar hasta tu naricita que se parece a la mía, pero no te inmutaste siquiera. “Te amo, angelito, te amo”, lo sentí y te lo dije en silencio para no perturbar tu profundo sueño.
Once de la mañana. Había pasado el tiempo volando y debía estar ya en el Colegio trabajando. Al salir de tu casa, sentí que iba dejando trocitos de tristeza a mis espaldas; sentí como si me hubiera sacudido así como Camilo, el antiguo pastor inglés del Profesor se sacudía cuando tenía insectos enfadosos en su pelaje. La melancolía me enfadaba, sobretodo porque habían sido días muy lindos, amor. Tenía una y un millón de razones para estar contenta; pero a pesar de eso, sentía un huequito en mi corazón; aquel que el doctor un día dijo que tenía más pequeño que lo normal.
Recuerdo que, una vez, en uno de los días que llegaste con mami del hospital cuando acababas de nacer; bueno pues, yo no podía moverme mucho todavía, debía estar en casa guardando reposo, sí amor, era muy desesperante, en especial para esta loca tía tuya que es hiperactiva; y como las órdenes del médico habían sido reposo, reposo y más reposo, pues ni tarda ni perezosa me fui a recostar en la cama de tu mami, al fin y al cabo ahí también podía reposar, reposar y más reposar, ¿no? Bajé las escaleras de casa con cuidado, lo prometo y subí las de la tuya de la misma forma; caminé lento y con la espalda y mi cabeza erguida como lo señaló el médico. Las fajas y el collarín me molestaban, sin duda, pero mi escapatoria para verte fue todo un éxito. Tu mami se alegró de verme ahí, “señal de que ya estás mejor, chicken little”, me dijo. Te tenía en su vientre, amamantándote. Y le dije que me dejara cargarte cuando terminaras de tomar su leche. Le prometí quedarme quietecita en la cama, con las almohadas bien sostenidas detrás de mi espalda y ésta, bien derecha, y sujetarte bien. Fue la primera vez que te cargué; no tuve la misma soltura que hubiese querido pues mis aditamentos físicos me lo impedían, pero te sentí tan ligero que no pude reprimir las ganas de echar fuera mi collarín y una de las fajas que oprimían mi cintura, y ahora sí, te sostuve con más fuerza entre mis brazos, contra mi pecho, sintiendo los latiditos de tu corazón. Te llené de besos y contemplaba tus ojos que estaban radiantes, mi vida; tan llenos de luz, de quietud, tan llenos de Dios. Y te dije cuatro palabras al oído. “Tienes sangre de Guerrero”. Y sonreí hasta que, pausadamente, te perdiste en un sueño.

¿Sabes, Carlos? Hoy y siempre guardaré esas palabras para ti. Las haré resonar en tus oídos y en tu corazón cada vez que necesites tomar valor. Sé que te veré crecer. No importa cómo, no importa cuánto; pero sé que lo haré. Y te amaré, te amaré tanto que te vas a empalagar de mí. Porque amor, un Guerrero nunca desiste y el tiempo que sea necesario para enseñarte a luchar, ahí estaré. En ocasiones los Guerreros gustamos de hincarnos un poco a contemplar nuestros pies cansados de andar, pero luego, escúchame amor, luego elevamos nuevamente nuestra mirada al horizonte e inmediatamente nos invaden las ganas de volver al camino, de volver a luchar. Y seré para ti mi pedazo de cielo; seré tus manitas, seré tus ojos, seré tus pies, tu cabecita, tu columna, tus pulmones, seré lo que sea que necesites para que estés bien. Te enseñaré a reír y por qué no, a llorar cuando sea necesario. A pedir las cosas por favor y a decir un gracias. A demostrar lo que sientes, a gritar te quieros. A pedir disculpas y también a perdonar. A ser un niño fuerte y de buenos principios, con valores bien cimentados. A defender lo que piensas y luchar por lo que quieres, mantener tus ideales. A ser un halcón y gustar de volar en lo Alto. A llegar lejos, muy lejos. Te enseñaré a aprender del sufrimiento y a tomar lo mejor de cada victoria. A oler una flor y contemplar las puestas del sol. A mirar la luna y saber que las estrellas son sin-cuenta, tal y como te amo. A mirar a los ojos de los demás y ser honesto. A nunca perder ese brillo en tus ojitos ni la sonrisa de tus labios. A correr rápido o lo que puedas. A jugar futbol, evitando lastimarte. A atarte las agujetas con el cuentito del conejo que da vueltas al árbol y mete sus orejitas, como se lo enseñé a tus hermanitas. A mirar a través de la ventana en los días lluviosos e imaginar un montón de historias y un sinfín de aventuras. A leer tantos libros te sea posible e inventar cuentos por ti mismo, amor. A comer chococrispis con leche caliente y rodajas de plátano. A no ver tanta televisión, a menos de que sean programas que te dejen algo de provecho. A jugar con globos llenos de agua alguna tarde calurosa. A volar un papalote de colores o de tu figura favorita. A pensar por ti mismo y ser el mejor estudiante sin llegar a ser engreído. A sentarte conmigo en mi balcón y simplemente contemplar el horizonte, calladitos ambos o soltando carcajadas. Te enseñaré a pintar nubes en tu cuarto y cómo sentirte en el cielo. A meditar un poco para lograr el autocontrol y el auto-todo. A andar en bici y en patines. A preparar postre de guayaba con canela, licuados de fresa con crema batida y nuez, crema de champiñones, manzana rallada y café con crema de vainilla. A ser líder, pero uno de los buenos. A ser ordenado y responsable. A hablar claro y no ser tímido. A volar en tu imaginación cuando sea necesario. A orar y platicar seguido con Dios. A respetar a tus hermanitas y quererlas mucho. A honrar a tus papis y ser bueno con tus mayores. A evitar chiflazones y berrinches innecesarios. A atrapar gusanos y freírlos en un comal. A tener un chapulín como mascota y de vez en cuando, atrapar luciérnagas y meterlas en un frasquito con agujeros pequeñitos para que respiren. A darles comida a las arañas, pobres hormiguitas rojas. A vestirte de payaso o de Beto o de lo que se te antoje y cuando se te antoje. A no ser materialista y poder desprenderte de algunas de tus cosas para otros niños que más lo necesiten. A caminar con la frente muy en alto y con un semblante sereno y amable. A nunca guardarte las cosas, sí, sobretodo eso Carlito, a que externes todo, absolutamente todo, pues algún día entenderás la importancia de esto. Te enseñaré a tocar “La chica de Ipanema” y “Silent Night” en flauta. A leer el alfabeto Griego y escribir. A hablar Inglés y algunas que otras frases en Portugués, y quién sabe, quizá para ese entonces ya también en Mandarín, Italiano, en Francés y en Alemán. A hacer muchos amigos y saberlos mantener. A saber cuando la gente miente y sólo quiere aprovecharse. A comprender que la venganza no existe en los corazones de los nobles, sino que la vida se encarga de rendir cuentas a todos, sean buenas o malas. A recolectar hojas de distintos árboles y saber identificarlas. A nadar por debajo del agua y hacer “patitos” con las manos. A vestirte a tu estilo y bien combinado, y siempre llevar los zapatitos bien limpios y tu ropita muy bien aliñada. A hacer castillos sobre la arena y tortugas aunque no me salgan tan lindas. A hacer cartitas, escribiendo sobre los palitos de paletas de hielo. A tejer bufandas con distintos estambres y no me importa que tu mami diga que eso es para niñas; en esta vida hay que saber de todo. ¡A tomar fotos, bebé!, a captar cada momento que te sea especial.
A contar borreguitos y más animalitos antes de dormir o a arrullarte tú solito y a contarles cuentos, inventados por ti, a los demás. A siempre ver más allá de las cosas y a no dejarte engañar. A ser bueno pero no un tonto. A subir a la azotea cuando haya lluvia de estrellas y cargar con tu cobijita para tirarte en el techo. A hacer tantos gestos te sean posibles para que te rías tú y hagas reír a quien tú quieras. A decir incoherencias donde éstas quepan y en momentos adecuados. ¡A bailar! A encajar tus dedos en la arena mojada del mar e intentar recolectar los crustáceos que se esconden para no ser llevados por las olas. A montar a caballo, en “Lobo” si es posible.

A aventarte de cabeza por una resbaladilla (tomando todas las precauciones debidas, claro está). A caminar de puntitas cada que quieras sentir el equilibrio en tu cuerpo. A darles forma a las nubes del cielo. A observar y analizar a las personas e imaginar con ellas. A ser sagaz e inteligente, hábil y sensato. A ser medio cuerdo y medio loco, pero más loco que cuerdo. A siempre tener un corazón de niño pero resguardándote con una mentalidad de adulto. A ser ambicioso; ambición de la buena. A no conformarte ni ser mediocre; todo lo contrario. Te enseñaré el gusto por viajar y conocer senderos inimaginables, personas de todos colores, almas de todos sabores. A comer algo salado y dulce al mismo tiempo. A probar chapulines freídos, está bien, con sal y limón si quieres. A plantar un árbol y alimentar a las golondrinas. A imitar el gorjeo de las palomas y el movimiento de sus cabezas. A hacer cada sonido que se te ocurra para darle efectos especiales a tus pláticas, eso es divertido eh. A correr tras alguna mariposa sin querer atraparle, sino buscando sentir su ligereza y libertad. A trepar a un árbol y gritar “I’m the king of the World” y luego bajarte rápido por aquello de que mami salga y se espante de que estás arriba de un árbol; y me regañe de paso a mí también. A esconderte detrás de las puertas y asustar a quien pase por ahí. A ser un niño en un hombre y un hombre en un niño según lo requiera la ocasión. Te enseñaré tantas cosas, amor. Pero sobretodo, Carlito, mi vida, te enseñaré a amar; a amar tu vida y todo lo que en ella hay. A luchar y jamás darte por vencido, mientras Dios te lo permita.
Y mientras Dios me lo permita a mí, que estaré ahí, para ti.

Por siempre y para siempre… para ti, mi Guerrero, mi Halcón, mi milagro del cielo.

Amándote desde antes de conocerte y ahora que conozco tus ojos y que me sé de memoria cada uno de tus respiros:

Lucía o “Yu”, que es probablemente como mejor podrás acortar mi nombre y pronunciarlo, al igual que mis princesas, tus hermanas.

Te amo Carlos Rafael, te amo con todo el ímpetu de mi corazón y la sutileza de mi alma. Dios bendiga a mi sobrino Guerrero, mi futuro compañero en la campiña de la vida. Mi futuro todo, hasta donde Él nos lo permita.