Domingo, 9:13 pm

Tras despertarme de mi cuarto sueño durante el día, saqué la mano desde debajo de mis cobijas para leer el mensaje que acababa de llegar a mi celular. Ups, había más de uno y alguna que otra llamada perdida.

"¿Estás bien, Lu? Te he llamado más de cuatro veces a tu cel y dos a tu casa y sólo dicen que duermes. Me preocupa el hecho de que lo que menos haces es dormir. Contéstame ya, ¿no?"
Mmmh... Siguiente.

"Hey, yu! what the hell are u thinking babe... please call me!"
Luego... Siguiente.

"Chaparra, todo bien? Qué onda contigo? Estoy angustiada, si puedes avísame cuando despiertes..."
Mjj... Último (gracias a Dios).

"Lucía, creo que es necesario que hablemos; puedo marcarte a tu casa?"
Yo te llamo, mejor... (Esto parece ser serio) Cerré mi celular.

Me sentía un tanto aletargada, a ignorancia de si era por tanto dormir o por las pastillas que me había tomado. Mjj... Tenía un hueco en el estómago y no era precisamente la falta de bocado, era algo peor. Presentimientos, creo. Llamé a la última persona que me mandó el mensaje. Lo creí necesario. "Hola", le dije con mi voz totalmente adormecida... "Hace rato corté la comunicación porque me quedé dormida, creo... sorry..."
-No te preocupes, pero, ¿estás bien, preciosa? Necesitaba escucharte y hablar contigo...-, la persona que estaba del otro lado de la línea en ese momento, tiene la capacidad de acompasar mi corazón dejándolo a tono con la tranquilidad. Me sentí segura, aunque mi corazón seguía acelerado sin saber exactamente la razón.
"Pues... estoy extraña, a decir verdad. Me siento como si... no sé, no sé... estos últimos días mi palabra del día es ésa: 'extraña'... y no quiero hablar de mí, mejor dime qué onda contigo... ¿qué tal tu vida?"
-Yuyú, sabes que me interesa más saber cómo estás tú que hablar de mi rutinaria vida. Te he traído mucho en mente y lo sabes, sé que lo has sentido.
Y era cierto. Entre sueños y desvaríos ahí estaba también esa persona. El silencio se apoderó de nuestras voces hasta que un largo suspiro lo interrumpió.
-Te presencié en una visión y... tengo miedo.
El silencio volvió a irrumpir. Hurgué por los espacios de mi cama hasta que di con el control de mi televisión que únicamente había servido para arrullarme y le di Mute. Necesitaba estar alerta en esta charla. Mi corazón se aceleró más.
"¿Sabes?", argüí conscientemente, "la vida ha sido muy distinta desde hace ya algún tiempo; situaciones han cambiado; perspectivas; anhelos; ilusiones; sueños; metas; planes; rutinas; hasta mi cuerpo ha cambiado; de todo... y sé que es porque todo en esta vida es transitorio y mutable. No me lo tomes a mal, pero... no quiero saber nada. Al menos no por este medio. Ya estoy lo suficientemente mal equilibrada por si alguien así lo quería/quiere. Já."
-Entiendo, yuyú, pero... (el silencio insistía en quedarse), pero... déjame verte mañana a la hora que tengas tiempo, es urgente.
Diantres, "a la hora que tenga tiempo...", en lo que menos pienso últimamente es en el tiempo. Ni siquiera sabía qué día era.
"Veamos, ¿mañana es?..."
-¡Lunes!, me dice impaciente por mi falta de ubicación temporal.
"Disculpa, ja ja, no estoy en tu misma realidad (¿lo estaba en la mía?), mmhh... salgo del trabajo a las dos y media, entro a la escuela a las 5, tengo clase con la Señora Santoscoy, luego Asesoría, después... Desarrollo y... finalmente con Norma. ¡Termino hasta las diez! No creo tener alguna hora libre, pero ¿sabes? Está bien, puedo salirme de seis a siete, si acaso tú puedes a esa hora...", le dije, no muy convencida.
-Ahí estaré, Lucía. Te dejo descansar ya, por favor cuídate... mucho. Sabes que estoy contigo, chiquita. Te adoro, sé fuerte ante cualquier cosa, niña.
"Gracias, hasta mañana". Y mi letargo volvió a sucumbir mi mente.

Activé la alarma en mi celular para despertarme a mis habituales labores al día siguiente. Esperaba dormir... ¡¿15 horas casi seguidas?¡ No podía creerlo, yo también estaría preocupada por mí (risas irónicas). Salí de mi habitación para lavar mis dientes y bajar por un vaso con agua. Camino a la cocina, comencé a sentir todo muy pausado. Supuse que sería por mi mala alimentación ("ya decía yo..."). Apenas regresé a mi recámara, cerré la puerta, volteé a dejar mi vaso en el buró y ya estaba azotada en una de las paredes a causa de un sobresalto "extraño" en mi pecho, con la mirada hacia la nada y los oídos totalmente absorbidos en un zumbido. La lucha entre consciente y subconsciente fue intensa, en cuestión de segundos. Me sobrepuse, acreditando de a poco lo que había pasado. "Nuevamente...", pensé mientras me limpiaba una lágrima causada por el dolor del golpe. "A estas alturas ya es casi normal para mí...Mjj..." Esta vez no alcancé a ver nada. "Gracias Dios, al menos te apiadas de mí en esa forma".
Me recosté, contestando un último mensaje por no dejar de ser cortés para decir que mi día había terminado (intentando que se sobreentendiese un: "Favor de no molestar más") y como pude, logré "dormir". A los pocos minutos desperté llorando. Sin más, evité recordarme la causa. "Duerme, Lucía, por favor duerme..."
Me decía una y otra vez. Y repetía la misma letanía casi cada dos horas, tras sueños surreales con personas poco deseadas.

Hoy he despertado sin ánimos para ir a trabajar. Definitivamente, me quedaré en cama. "No me siento bien, mamá; avisaré que no iré..."
-¿De qué te sientes mal?, preguntó somnolienta, aunque su voz portara un tono un tanto distinto. Por supuesto, eran las cinco de la mañana. -Si no vas, trata de dormir y más tarde te pones de luto, iremos al funeral de tu tía.
Más de lo normal, como últimamente, mi cuerpo se sintió corroído por un intenso escalofrío. Cerré los ojos y sacudí la cabeza para asimilar e intentar no pensar nada más hasta esperar otra respuesta de mi madre.
"¿De qué hablas?, ¿qué pasó?", cuestioné tajantemente, anticipando el acontecimiento.
"Dime a qué hora falleció..."
-Avisaron a las diez y media, anoche.

Regresé a mi cuarto y me eché a llorar, desahogando ab-so-lu-ta-men-te todo lo habido y por haber en mi interior. Lo pasado, lo presente... inclusive lo futuro. Mis manos temblaban y yo sólo esperaba que fuera a causa de las ansias, de la impotencia, del temor, de la incertidumbre. "No estoy para más malestares físicos", pensé. Y así pasé mi día, evitando, a tientas, casi en vano, desplomarme.

El funeral me ha traído recuerdos, memorias vacías, ganas ilusas, visiones tardías, manías escasas. Sensaciones, emociones, retenciones, ideas, letras, fijaciones, lágrimas reclusas. Y aquí, en medio de mis cuatro paredes blancas, lloro lo que en vida se ha terminado. Las muertes que son muertes y las que no son muertes sino ausencias inertes.
Cierto. Alguien me decía hace unas horas: "Una pérdida es un choque de emociones, una confrontación de sentimientos. Una pérdida, aun la que se espera, causa impacto, sobresalto, desencanto... pero también provee entereza entre tanto y tanto..." Dios sabe cuánto admiro a la persona que me lo dijo, que a sus cincuenta y tantos años se soltó a llorar cual niño en el momento en que nos abrazamos.
"Otra muerte más...", pienso mientras escribo. "Realmente me sorprendió..."
Y duele, y el dolor se hace solidario, uniéndose con los otros que están parsimoniosamente abarrotados en cada célula de mi corazón.
Parece ser que el hilo que he de necesitar para suturar las heridas de mi corazón está comenzando a escasear. O me compro uno nuevo, como me lo han sugerido o busco entre los cacharros del desván de mi alma o lo dejo morir para ver si luego renace.

Hace unos minutos sentí que me quedé dormida. Tenía la laptop en mi regazo y recosté mi cabeza, caliente, por cierto, en mi almohada. Me perdí por algún corto lapso de tiempo... me desperté gracias a una imagen vil, nada prometedora, pero que quizás, viéndola desde otra perspectiva, serviría de algún consuelo: The Death. Sí, la Santa Muerte.

En fin.
(Suspiros entrecortados)
"¿Será acaso el principio del fin?"
"Basta de sugestiones, Lucía. Ya intenta dormir".