Es aquí donde sólo el viento intimida a las nubes, donde mi alma viaja tranquila por momentos, donde mi peso reta a la gravedad, donde la ciudad parece una postal ante mi vista al azar; es aquí donde los coches no circulan, pero a lo lejos los veo andar y los peatones se esfuman como hormigas cuando van a trabajar. Es aquí. Aquí arriba, lo más alto que, físicamente, hoy pude llegar.

Era el lugar que necesitaba, silente, en paz. El jardinero y uno que otro transeúnte me observan como si fuera una loca, quizá piensen que me quiero suicidar. (Risas) Y si supieran que lo único que quisiera es colgarme un cartel en mi espalda que diga: “Mujer meditando”, para que vuelvan su vista a otros lados, como si no hubiera otras maravillas por contemplar. Fatídico. Me doy cuenta que pocas personas están familiarizadas con el hecho de alejarse a algún lugar a pensar o simplemente a estar. Y digo pocas, porque sé que sí las hay. Hace unos minutos se acercó un tipo, estaba admirando la ciudad, supongo; yo estoy recargada en un asta que está colocada justo en frente de la vista principal, no me ataja nada, pero a mí sí me esconde el muro en el que está mi espalda; al voltear, el hombre se sorprendió de lo que vio: una chica de aspecto reflexivo, vestida de manera extraña (de nuevo risas) y con una laptop en su regazo. Cuando cesó su expresión de asombro, le sonreí ligeramente y entonces me dijo: “Escogió bonito lugar para trabajar, sólo que con mucha ventilación...”, le volví a sonreír. “Sí, pero así me gusta, de repente es bueno darse una escapada y darle al alma un respiro, ¿no cree?”, el señor de algunos cuarenta y tantos años asintió con la cabeza y me regresó la sonrisa. “Que tenga buen día, señorita...”, “Igualmente, señor”. Y se alejó.
El viento repica como acero en mi rostro. Tenía razón, hay demasiada ventilación, pero es bueno... El frío me recuerda que estoy viva. Lo siento colarse por cada uno de los breves espacios de mi atuendo, erizar uno a uno los vellos de mi piel, penetrar cada uno de sus poros, lograr que cierre mis ojos para evitar que el polvo entre en ellos. Me siento más tranquila, bajo un sinfín de cúmulos y cirros blancos, grises y medio pálidos, bajo un sol escaso que intenta asomarse a través de uno que otro nubarrón y que calienta únicamente un pedazo de mi extremo izquierdo. He de confesar que jamás había estado en este lugar a esta hora. Es la una de la tarde. Llegué aquí a las once con treinta, aproximadamente. Y el tiempo me ha pasado contrario al movimiento de las nubes y de la urbe entera. Inquieto, escurridizo. Así es mi tiempo cuando amo lo que hago y cuando hago lo que amo. ¿Cuántas personas disfrutarán hacer cualquier cosa?, ¿cuántas le pondrán tanta pasión a hacer algo por más mínimo que sea? Me libero. Hay ocasiones en que me siento presa, de mí misma, de ciertas situaciones, pero he encontrado también mi libertad, los modos de alcanzarla. Recordé una frase que hace días he traído tanto en mente, hasta que la escribí: “Aquel que ama verdaderamente, sabe que ha perdido libertad; por otro lado, irónico, sabe que ha ganado la mejor de éstas”. La escribo ahora porque va con relación a lo que siento, a aquellos momentos en que me siento libre, plena. Y soy feliz, no me quejo, en realidad no lo hago, pero hay ocasiones en que la vida te presenta escenas en las cuales dudas, y no es que uno dude de sí mismo, muchas veces es de los demás de quienes te cuestionas buscando sinceridad, sentido humano, amistad, lealtad, respeto. Es irónico. La vida suele llegar a ser muy irónica, un día estás a la derecha, al otro te encuentras totalmente en el lado opuesto; y esto puede ser bueno, pero también, a veces, malo. Un día te puedes echar a llorar por alguna injusticia, al otro, quizá la estés cometiendo tú mismo o peor aún, quedaste paralizado por la comodidad del “Yo qué puedo hacer...”

Creo que es sencillo soñar, con un mundo mejor, con una vida plena, armónica. ¿Quién carajos no lo ha hecho alguna vez? Y suelo responderme con otra pregunta: “¿Quién carajos no sólo se dedica a soñar, sino que emprende su vuelo hasta ver cumplidos todos esos sueños que muchas veces puedan parecer locuras, insanamente locas?” Muy pocos, creo yo. Es tan cómodo soñar y decir que sólo se quedará en eso, sueños. A veces me da miedo convertirme en ese tipo de persona. A veces veo mi vida, ay, es que veo mi vida de tantas maneras y quiero lograr tanto y ser tanto.........Pero, por lo pronto creo que debo bajar de aquí si no quiero terminar tirada sobre el pavimento que está a unos doscientos metros de mis pies, porque con este airecito... siento que me vuelo. En fin, continuaré después...