La opresión en el pecho y el temblor de su cuerpo iban de la mano dirigiéndose al amanecer, cuando sus ojos contemplaron el borgoña en el cúmulo de nubes estremecidas por la aparición del sol y las añejas ventiscas de la noche anterior, esas que saben a hiel cuando los árboles las prueban y que sienten estremecer cuando los halcones vuelan.

El horizonte parecía un estruendo de sonidos y colores; una eterna lucha entre seguir o quedarse; una buena tregua para quienes saben apreciarle y un polémico resplandor para unos ojos que han sido oscurecidos por el dolor.