11:11 de la noche marca el reloj de mi celular. 11:12, me dice mi laptop. Ambos, adelantados. Martes, víspera del día de las madres. Casa vacía y yo, tirada en el piso como de costumbre –últimamente-, con el mejor licuado de fresa que me he preparado hasta la fecha; una canción de Antonio Orozco que me hace estallar con su ritmo, “…otra, te contaría otra, si por cada mentira me amaras más… llanto, te quitaría el llanto…” Excelente canción, pero no para mí. Me agrada sólo por la pasión con que Antonio la canta. Mi cama está paralela a mi cuerpo, siento el techo caer sobre mí y mi espalda derrumbarse contra el suelo. Mi cabeza está en los pies y mi alma sabe dónde. Acabo de tomar una ducha, mi bata suele estar fresca; hoy, está que arde. Mi cama es un desastre, ¿dejaría olvidada mi mente entre todos esos triques? Al llegar de la escuela, con un tremendo dolor de cabeza y sentimientos encontrados acompañados de un ligero nudo en la garganta, me dirigí inmediatamente a ver a mis sobrinos. Las princesas ya estaban dormidas en lo alto del castillo y el príncipe rondaba despierto por los sofás de la sala real. Carlito es un ángel, cómo lo amo. Comenzó a sentirse fastidiado de estar acostado en el sillón y lo tomé en mis brazos. Primero le contaba un cuento; el de hoy se llamó: “El patito que vino del mar”, pero creo que no me entendió mucho, así que mejor le canté, bueno, le tarareé una canción que ni sé ni cuál era, pero él estaba muy atento y… no habían pasado ni 10 minutos, cuando ya había recargado su cabecita en mi pecho, sutilmente dormidito. Le di un beso, junto con la bendición y lo recosté nuevamente. Subí a besar las frentes de mis princesas e igual, a bendecirlas. De nuevo a casa. Encendí un rato el aire acondicionado; claro, antes de ducharme. De por sí, he sentido a mi garganta un poco resentida y no puedo darme el lujo de enfermarme ahora, justo ahora. Mañana conduciré el festival del día de las madres que organiza el Colegio de mi tía y aún no preparo el programa. ¡Ay, Lucía! En fin. He de inventarme unos versillos para anteponerlos a los números artísticos de cada grupo de enanos. Será conmovedor ver a todos esos chiquitines bailando, cantando, declamando, actuando y demás, y todo por sus mamis. ¡Vaya espectáculo, me la pasaré de lo mejor! Qué emotivo. Hoy por la mañana, me levanté sin muchas ganas. He tenido trabajo más de lo normal, quizás eso me cansa a pesar de mi hiperactividad. De repente es un cansancio meramente mental y no de otro tipo. Aun así, hice mi rutina de ejercicios, ya pude aumentarla, por fin. Y ahora me duelen los brazos, pero “si no duele, no sirvió”. Mi espalda está un poco resentida, pero no es precisamente por el ejercicio. Caminé al trabajo hoy por la mañana y mi maletín pesaba tanto. Ni hablar. El suelo frío le sienta bien, aunque en cuestión de segundos se torne cálido por mi temperatura corporal. Dicen que mi termostato biológico está descompuesto. Qué gracioso. No es tan agradable sentir tanto calor, se los aseguro. Y no piensen mal, tampoco. 4 mensajes en mi celular, 4 personas llamándome en el Messenger, 4 e-mails. ¿Qué pasa?, ¿acaso el 4 fue mi número del día o qué? Risas entrecortadas. “¿No tienes ganas, verdad Lucía?” Tengo sueño, le contesté. Dos aspirinas con licuado de fresa, ¿me harán bien? He de pensar cómo me arreglaré mañana; tengo que estar a las 7.45 de la mañana, en punto, según mi tía-directora, en el lugar del evento. Y yo que esperaba ver el reportaje de mi amiga que se lanzó de la tercera cuerda. Ahora sí me río en serio. Tengo muchísimo calor, mis mejillas están que parecen cerezas. Y hay algo así como adentrito de mí que… que… que me dice que mañana será un mejor día, sin duda, uno mejor que hoy. Y no es que haya sido tan malo, simplemente, carga de actividad y de sentimientos. Extraño a la flaca. Mientras comía, al llegar del trabajo, me llamó mi mejor amiga de la prepa, quería saludarme y preguntarme si iríamos a dar serenatas como el año pasado y el antepasado. Le dije que no. Esta vez, muchas de las que estábamos en la Rondalla, tomamos rumbos distintos. Me dio gusto platicar con ella; solemos no vernos tan seguido o hablarnos, pero cuando lo hacemos, es como si nuestras almas o mentes hubiesen estado conectadas a través del tiempo. Bastante linda la amistad entre ambas. Contesté unos que otros correos. Y salí de casa. Con prisa, como casi siempre. Me estresa el tráfico. ¡Dios! Sigo contestando mensajes. Hay uno que me ha hecho sentir… vaya, no podría explicarlo. “Ojalá te tuviera mirándome a los ojos para que contemplaras la expresión que has dejado en mi rostro”, sólo eso contesté. Quedé atónita ante el mensaje. Y es que, ¡carajo! Mi corazón late tan aprisa. Yu wants. Esto me hace pensar en el escrito que he dejado en el olvido por una u otra circunstancia. ¿Será que, de repente, me da miedo expresar tantas cosas que llevo por dentro desde ya hace tiempo? He de hacerlo, ¿cuándo?, no sé cuándo, pero he de hacerlo. A veces muerdo el corazón, reprimiendo el deseo.
Anhelo dos noches y un amanecer. Entiéndalo quien lo entienda. Hoy, mientras caminaba por los pasillos de una tienda deportiva, me quedé como idiota, observando unos Puma de lujo, “los próximos”, me dije y, en eso, se me acerca un niño y me hala de una de las presillas de mi falda de “Yu exploradora”, y me dijo algo que me hizo quedarme aún más sorprendida, “me gustan tus pies”. No supe si soltar una carcajada por aquello de que se fuera a ofender el chiquillo o de plano sólo darle las gracias. Sinceramente, jamás me hubiera esperado un comentario así, fue mucho muy extraño. Mezclé ambas ideas. Sonreí sin ser sarcástica y le pregunté que a qué se debía el halago. “No sé, es que me gusta verle los pies a la gente”, bajé la mirada y contemplé mis pies con mis sandalias cafés. Me dio risa por aquello de “pachonsitos”. “¿Conoces a los ‘Yu pony percherones’?”, le pregunté riéndome. Le dio pena contestar que no, como era natural si eso hubiese llegado a contestar y se sonrojó. Me agaché para poderle decir algo al oído, ni crean que batallé tanto, ni que estuviera tan alta. Y cuando terminé de hacerle el comentario, me soltó una sonrisilla y siguió viendo los pies de las personas. “Los ‘Yu pony percherones’, amigo, sólo existen en mi imaginación y en la tuya si así lo quieres. Si a ti te gusta verles los pies a la gente, puedes imaginar que tienen pies de lo que tú quieras. Por ejemplo, ¿ves a aquella chica?, sus pies, para mí, son como de oso hormiguero con tenis. Ahora te toca a ti imaginar de qué son…”Hace un montón de minutos ya, que llegué a casa, chequé el identificador de mi teléfono y noté que había un número muy extraño, se me hizo conocido. Me fijé en mi agenda y efectivamente, era Valentina. Se me hizo extraño que llamara a mi casa. ¿Se irá a ir a Venezuela con Samudi? A final de cuentas me dijo que en Colombia sólo estaría unas semanas, luego a Venezuela y se regresaba. Espero que mañana vuelva a llamar y ambas tengamos suerte. Extraño a mis amigos trotamundos, hippies, gitanos y demás. Benditas vacaciones decembrinas en que los conocí. A Adolfo –Brine- lo veré este verano, espero a Vic, también. A las chicas de Perú, Venezuela y Colombia, Dios quiera que sea más pronto de lo planeado y a Flavio, pues hasta que logre uno de mis tantos sueños por Europa. Pero ¡venga!, que esto “tiene swing” por el simple hecho de saber que ahí estamos.
“Se busca el Cerebro de Broca.” ¿Dónde lo habré dejado? Lo perdí entonces.
Bueno, espero al menos dormir en paz esta noche. Lo espero ciertamente.
Hace unos minutos, una amiga me obsequió una foto lindísima, vaya, es una de las mejores fotografías que he visto en mi vida; captó el momento perfecto, sin duda. No tengo palabras para agradecerte, hermosa. Me conoces bien. Es gracioso, otro amigo también me envió una de sus fotos favoritas. Hoy fue la noche de “Regálenle fotos a Yuyú” o ¿cómo? Talvez. Pero en verdad, mil gracias. Te adoro, potrillito. Siempre estás ahí, en los momentos en que más necesito que pinten una sonrisa en mi rostro.
Magníficas. Creo que debería hacer un escrito para cada una. Me expresan tanto.
En fin. Dulces sueños, Lucía. Si es que puedes conciliarlo.
Hace un segundo me preguntó, “¿A dónde van los ánimos cuando se pierden, Lu?”. Sólo sonreí y con la cabeza lo negué.