Bajó las escaleras sin hacer siquiera un ruido. La chica comenzaba a sentir que los rayos de sol le calentaban la piel expuesta y aún, tirada en la cama, desnuda, envuelta en las sábanas blancas, consiguió abrir los ojos. Buscó con su mano el cuerpo de la persona con quien había dormido esa noche. No palpó ni un sólo suspiro. Camila había decidido no volverse a enamorar. Después del capítulo uno y dos, nadie esperaba ese desenlace. Cogió su bata de lino blanco que estaba tirada sobre la alfombra y se la puso encima. Se quedó pensativa por un rato, sentada al borde de la cama, intentando atar los recuerdos que la amenazaban. “No fue buena idea eso del vino tinto. ¡Mierda! ¿Qué carajos hice?”. Sentía una especie de dolor vaginal conjugado con secuelas de un placer desfasado que le recorría hasta el vientre y le hacía estremecer. Se echó nuevamente a la cama. Quería dormir. “Sólo una hora más, no más.” Esta resaca va a terminar por matarme. Debut y despedida en esto de las noches de parranda. “¿Qué me pasó ayer? Y ¿por qué se fue?”.

Sobre el restirador donde Camila trabaja en sus planos, había una nota. “Puta, odio el sabor del vino tinto mezclado con mentiras y whisky en tu boca. Linda noche, ¿ah?”

Y Camila no supo ni quién firmó.