Descalza, sobre el pavimento. Se vierte mi deseo en el sendero de la pasión.

Arráncame el conjuro que declaró la luna mientras se regocijaba ante tu desnuda silueta.

Ámame con sevicia. Ámame con locura. Ámame con pasión, con tremendo frenesí. Y hazme tuya.

Pero no entrelaces tus senos, tu abdomen, con el hilo del amor. Tu pelvis se sacia entre cada suspiro de mi alma como arde el fuego hasta que aparece el agua. Para encender más, no para apagarle.


Respira. Atrae mis dedos como si existiera el magnetismo. Dibuja cada clímax en mi rostro. El clímax del alma. La desesperación que desgarra. Los pisos que se elevan hasta mojar la cara. Hasta frenar la savia.

Te llevaré al sauce que me embriaga con su aroma, al cerezo que me idiotiza con su imagen. Pero no me atañe más que tu cuerpo, cuando tus manos no me tocan, cuando tu sed no se sacia, cuando tu mirada no se pierde en el ocaso de mi cama.

Y es que tú, cuando estás, el deseo no me engaña.