Mayo 4 del 2005 (de madrugada)

Había olvidado entonces lo que era adentrarme en un sueño tan profundo aun siendo solamente cuatro o cinco horas.

Y me despertó en un roce de su piel y la mía. Una caricia, sin duda alguna. Y al abrir mis ojos, me perdí en su mirada, la cual me había estado contemplando la mayor parte del tiempo; mientras que antes, eso, en mi vida, había sido un proceso invertido. Y subí nuevamente al cielo. Me condujo con sus alas, blanquecinas, tornasol como la malva. Acaricié su rostro y aguardé mis dedos en sus ojos. Benditos sean, pensé. Benditas sean aquellas miradas que contemplan con amor. Sus cándidos labios besaron mi espalda y me hizo estremecer.

Habría que marcharme, pero mi alma le dejé.