EL CONTEXTO DE LOS ADOLESCENTES: LA FAMILIA COMO PRINCIPAL FACTOR INFLUYENTE EN EL DESARROLLO Y EL APRENDIZAJE DEL ADOLESCENTE.

Como ya todos sabemos, hablar de adolescencia es adentrarnos en un tema un tanto enigmático y algo extenso. Sin embargo, éste es también un proyecto encantador y que nos otorga mucho aprendizaje. Antes de comenzar a profundizar en el tema que elegí, me gustaría aclarar que la adolescencia, según diversos autores como Juan Delval, Jean Piaget, Dina Krauskopf, entre otros, es la etapa comprendida entre los diez y los catorce años, en la cual intervienen cambios tanto físicos como psicológicos que influirán notablemente en su comportamiento; actitudes; y en su desenvolvimiento ante la familia, la sociedad y la escuela. Pero dichos cambios, no son lo único que marcarán la vida de un adolescente, puesto que existen muchos otros factores que, sin duda, serán también moldeadores de la identidad de cada individuo. He aquí que yo llamo a este conjunto de factores: El contexto de los adolescentes.

Cabe mencionar que, la palabra contexto, definida en los diccionarios, significa “el conjunto de circunstancias que rodean o condicionan un hecho o alguna situación”; así que gracias a esto, podemos decir que el contexto de los adolescentes es todo aquello que se encuentra circulando alrededor de los muchachos y que, en facto, condiciona; delimita; marca; influye y hasta cambia la vida de éstos.

Principalmente, me parece prudente mencionar al factor que considero el de más preponderancia dentro de los que intervienen en el contexto de los adolescentes: La familia. Éste es el núcleo en el cual los adolescentes, desde sus primeras etapas irán, poco a poco, aprendiendo y adquiriendo los aprendizajes que les servirán no tanto para su acervo cognoscitivo, sino para la practicidad de la vida. La familia es llamada la “socialización primaria” , en donde el individuo, en sus primeros años de vida, aprende –o debería aprender- aptitudes tan fundamentales como hablar, asearse, obedecer a los mayores, rezar a sus dioses (si la familia es religiosa), entre otras cosas; y será dentro de esta institución, donde el niño se irá conformando como miembro más o menos estándar de la sociedad. Lamentablemente, hoy en día, el familiarismo junto con las responsabilidades paternales han ido menguando. Y todavía, los padres se preguntan: “Dios, ¿por qué son así mis hijos?”. Pienso que es de suma importancia que dentro del seno familiar se retome un poco más, al menos, las actitudes de obligación que como padre se debe tener. Si bien dicen que no hay escuela para padres, yo digo que tanto un padre como una madre van creando la propia escuela; siendo ellos, dueños de sus propios aprendizajes a través de las experiencias con el paso del tiempo. Educar a los hijos no es una tarea fácil, ciertamente; no me cabría ni una pizca de esto en la cabeza, puesto que yo no he tenido dicha experiencia aún, pero me pongo en los zapatos de muchas parejas que ya son padres de familia y digo “¡Vaya, qué responsabilidad tan grande!”. Pero así como hay gente que se preocupa por brindarles una buena educación a sus hijos, la hay que no y esto, a la larga, trae ciertas complicaciones en los adolescentes; no sólo por el hecho de que no sepan cómo desenvolverse en diversas situaciones de sus vidas, sino también porque no tendrán cimentadas las habilidades básicas que requieren para satisfacer sus necesidades, no por lujo o por placer, sino por obligación. Asimismo, es evidente que un buen ambiente familiar, favorece de manera notable el desarrollo cognitivo, emocional y social de los chicos, así como el aprendizaje que éste vaya adquiriendo, ya sea en la socialización primaria o en la secundaria, según sea el caso. Cabe aclarar que la socialización secundaria es aquella que los individuos recibimos dentro de otras instituciones externas a la familia, tales como la escuela; clubes sociales, deportivos o culturales; los amigos y más adelante, organizaciones laborales.
Retomando lo que afirmaba respecto al ambiente agradable dentro de éste núcleo, también quiero mencionar que lo ideal en una familia es que existan lazos sólidos e impermeables de comunicación, confianza, comprensión, responsabilidad, respeto y en especial, de amor. Me atreveré a citar un ejemplo un poco brusco, pero que vale la pena puesto que revive la realidad en la que vivimos. Conocí a una chica de 14 años que cursaba su segundo grado de secundaria, había sido abusada sexualmente en su infancia y sus padres, en lugar de prodigarle todo el afecto, comprensión y ayuda que ella necesitaba, la reprimían juzgándola por su timidez y falta de atención en su arreglo personal; le decían que vestía como una pordiosera, como si ellos no se gastaran sus “buenos billetes” en comprarle ropa cara al igual que a su hermana menor; que parecía una tonta estando siempre encerrada en su cuarto, ensimismada, sin amigos y para colmo, con bajas calificaciones; le azoraban con preguntas como “¿acaso tienes un pepinillo por cerebro o qué?, ¿con esas actitudes nos pagas a tu madre y a mí todo lo que te damos?...”, la chica, sin duda, se sentía una nada. Me dijo alguna vez: “…Lucía, me gustaría que mis padres comprendieran que muchas de mis actitudes son a causa de lo que he venido arrastrando a lo largo de mi vida; es imposible que en la clase de Biología, al hablar de sexualidad no me bloquee, porque traigo a mi mente todos esos recuerdos que me privan, y mis papás no lo entienden. Si no me visto como ellos quieren es porque me siento usada; piensan que con dinero van a comprar mi felicidad y no son billetes lo que necesito. Necesito comprensión y amor, sólo eso…”, entre otras, ésas fueron sus palabras. Es aquí donde nos damos cuenta que una carente relación de comunicación y comprensión afecta a muchos de los ámbitos en la vida de cada individuo. ¡Pero es que los padres cada vez son menos padres!, y van perdiendo ese sentido de autoridad y pater/maternalismo , abandonándolo en las puertas de las escuelas cuando van también a dejar/abandonar a sus hijos ahí, como si los docentes fuéramos los responsables, a totalidad, de la educación integral de sus hijos no sólo como estudiantes, sino como personas también.

La familia, como institución formadora, debe estar consciente de que le ha tocado un papel básico e indispensable, así como influyente en el adiestramiento y desarrollo de los individuos que la conformen. Estoy de acuerdo con que no todo el trabajo es para los padres, pero ¡sorpresa!, la mayor parte de éste sí lo es; puesto que a partir de ellos, es como los hijos irán adquiriendo y haciéndose responsables de sus roles dentro de la familia. A los padres les corresponde brindar, aparte de amor, conocimientos y herramientas para que los hijos vayan obteniendo destrezas que les ayudarán en su vida futura; y las tan mencionadas habilidades básicas, como la lectura, escritura, expresión oral, entre otras, que les facilitarán, a corto plazo, la convivencia con sus semejantes, así como un mejor desenvolvimiento del pensamiento abstracto, concreto y formal que es tan útil en el ámbito escolar. A los hijos, por tanto, les corresponderá entonces, responsabilizarse en la adquisición de valores y el cuidado de todos los conocimientos que sus padres les han proporcionado durante sus primeras etapas y aquellos que han ido tomando de diversas fuentes tales como la escuela, los amigos y otras instituciones; ya que, por desgracia, los adolescentes están muy al alcance de todo aquello que es vicios y vilezas , y no habrá ninguna otra manera de mantenerlos distantes de éstos, mas que inculcándoles una buena base de valores y virtudes que, a la larga, les permita y obligue, por su propia cuenta, discernir entre el bien y el mal; entre lo benéfico y lo nocivo; entre lo virtuoso y lo deshonesto, etcétera.
Los padres deberán tener una paciencia y un criterio un tanto milagrosos cuando uno se refiera a los términos: “criar y educar a un adolescente”, puesto que ¡ah, cómo dan miedo los monstruillos esos!; unos son inquietos, otros retraídos; unos desastrosos, otros unos angelitos; unos se creen Hitler, otros Mahatma Gandhi; unos se sienten Marilyn Manson, mientras que otros sienten ser Franz Schubert; unos cuantos adoptan ideologías de Diego Rivera, otras de Frida Kahlo; unos habitan en Mississippi, otros en Cantabria y otros en Honolulu; unos vienen en avioncitos, cuando otros apenas caben en burritos; a unos les dicen “cuatrojos”, a otros les dicen “enanos”; unos prefieren a Freud, otros a Ignacio Manuel Altamirano ; pero a final de cuentas, todos ellos son humanos, son adolescentes; y tanto padres como docentes, tenemos la responsabilidad de educarlos y formarlos como hombres y mujeres de bien; hombres y mujeres del hoy y del mañana; individuos íntegros y plenos. No con el alma vacía, ni con la mente hueca, pero no sin antes, cuestionarnos algo, que para mí, es aún más importante que adquirir un conocimiento: ¿estos adolescentes a mi cargo, serán felices en su plenitud?