“Bengala” pegó un salto hacia la cama donde he permanecido sentada durante horas y horas, tal parece que comienza a reclamar un poco de mi atención dispersa. Las horas han pasado volando y ni siquiera me he dado cuenta que la lluvia cae con más ímpetu; la marea ha subido gracias al cambio de la fase lunar y al diluvio incesante que relaja. Al menos en mí, sí tiene ese efecto. “¡Vamos Bengala! Espera un poco a que termine mis cosas”, le ordené en un tono suplicante y melancólico. Sus muestras de afecto eran las únicas que podía tener en esos momentos y aún así, las he venido rechazando; señal de que mi piel es fiel a tu piel. Bengala es un tipazo; todo un antiguo pastor inglés, bastante gordinflón, por cierto, pero mucho muy gracioso y buen compañero. Fue mi adquisición nueva mientras tú estabas ausente, o ¿debo decir mientras yo estaba lejos? He comenzado a divagar un poco en cómo sería nuestra vida si estuvieras aquí. Te extraño, ¿sabes? Y lo peor del caso es que te añoro. Y me refiero a lo peor porque no es bueno añorarte estando en esta situación. Yo lejos, tú lejos; y tanto tú como yo queriendo estar cerca. Difícil asunto; es un tanto irónico, ¿no lo crees, vida mía?
Por fin me he levantado de la cama, coloqué esa foto que tanto me gusta sobre el buró. Apareces tú pretendiendo darme un beso en mi mejilla, como si quisieras robarlo; mi carilla un tanto pícara como si me estuviera haciendo del rogar; y pensar que eso es sólo lo que la imagen aparenta. ¿Cómo podría yo abstenerme de un beso tuyo si es lo que me hace desvanecer? He colocado todos y cada uno de ellos en un cofrecito de madera. ¿Me preguntas qué? Ah, sí, los besos. Abstractos, pero contados y memorizados. Cada que abro la tapita de ese cofrecito, se respira un olor a blanco y contemplo un color vainilla. Sí, o-lor a blanco y co-lor vainilla. Sé que tú me entiendes, amor. Cada beso, cada caricia y cada palabra tuyos están ahí, a-te-so-ra-dos como la mejor pintura para un pintor; el mejor poema para un poeta; la mejor composición para un músico; o como el dulce más sabroso para cualquier pequeño. Hace seis horas que se fue la luz; aunque quizá ya haya vuelto, pero no me he animado a volverla a encender; me gusta el ambiente en el que me encuentro: dos pequeños troncos encendidos en la chimenea y una lámpara de aceite sirven de media luz y de calor; las ventanas permanecen cerradas, lógicamente; el viento se siente entrar por las rendijillas que poseen las maderas antiguas de esta choza; olor a océano, a lluvia, a blanco con azul y a vainilla… ah, y casi lo olvido; a un poco de canela que hierve sobre la estufa; los sonidos son ligeros y serenos: el tintineo del rocío al tocar las ventanas; algunos violines; las olas del bravo mar al golpear contra las rocas; algunas flautas; el crujir de las brasas al consumirse por el fuego, y los graciosos y silenciosos ronquidos de Bengala que me hacen recordar que lo tengo aquí. Mi ropa se ha quedado impregnada al olor de la canela, qué delicia. Vestía esos pantaloncillos de satín color beige que tanto le han gustado a Jill la noche en que los vio y una blusa estilo halter, en color azul turquesa. Pies descalzos. Decidí tomar un baño, o mejor dicho, recostarme un rato sobre la tina llena de agua con té de rosas blancas. Excelente seductor, disculpa, quise decir confortador. Ja ja, se reveló una sonrisa en mis labios y mis mejillas se han ruborizado un poco; no es tu culpa, lo sé; es mía. Estuve ahí por lo menos una hora y diez minutos, te pensaba. Te pensaba, amor mío; y ahora en presente, lo hago también. Mi ser se ha aligerado un poco más; ya sólo visto una bata de seda blanca que por cierto, no conoces. Tengo sobre el escritorio un sinfín de hojas blancas y mi tinta fiel a mi inspiración; algunas otras hojas tienen ya breves extractos de mi mente; evidentemente, dedicados a tí. La tarde en que pisé esta parte del océano por primera vez, me dije interiormente: “Es mejor que no le tengas en mente” y, ¿sabes qué fue lo que ocurrió? Graciosa y maravillosamente, el sol comenzaba a ponerse; ya sabes que amo los ocasos; los rayos de éste aunados con el reflejo del mismo en el agua y el caer de la noche, hacían resaltar el color borgoña y violeta que comenzaba a revestir el cielo; el viento era cálido y húmedo, podía sentir claramente la brisa irrumpiendo entre los poros de mi piel; y ahí, en cada parpadeo de mis ojos, estabas tú. Y así lo ha sido desde el día en que llegué. Puedo tapizar cada uno de los recuerdos gratos e ingratos que tengo, pero tu silueta se ha convertido en el tapiz; tus ojos y tu piel en el sellador. Y en ese instante, de hecho, me retracté de lo dicho y volví a decir: “Es mejor que le tengas en mente”, pues de otra forma, habría enloquecido ya.

¿Sabes? Esta mañana, mientras caminaba por la playa, me encontré con dos pequeños que corrían sonrientes por todos lados como si su realidad fuera esa: un juego. Me conmocionó la idea y fue placentero para mis ojos y para mi alma contemplar una escena como tal. No sé si sea que la gente perciba en mí un vago sentimiento de soledad o sea que les atraiga algo en mí como para entablar una conversación conmigo. Los chiquillos de ojos brillositos y piel tostada se me acercaron y acto seguido, preguntaron con una sonrisilla en sus labios: “¿Qué es eso?”; “una cámara fotográfica, preciosos”, les contesté amorosamente. Al cabo de unos segundos, el niñito, tras observarme detenidamente y quedar saciado con mi sonrisa sincera, le dice a su hermanita: “Y eso, ¿para qué servirá?”. Entonces los senté a ambos sobre la arena y con palabras sencillas les expliqué. “¿Quieren ver los resultados?”, les pregunté, al mismo tiempo en que preparaba mi cámara para tomarles una fotografía. Ellos, emocionados, corrieron con rumbo al mar y se abrazaron sin dejar, ni un momento, de mostrar sus dientecitos blancos y sus sonrisas contagiosas. Capté el momento, capturé las almas; y los ángeles se fueron sin comunicarme sus nombres, retomaron su rumbo jugando su vida, su juego, su realidad. Y yo los llevaré así, tal cual: ángeles. Entonces supe que los ángeles no tienen nombre. Ellos sólo aparecen y desaparecen; vienen a contagiarnos de vida, ilusiones y sonrisas, y luego se van, pero quedan ahí; quedan aquí, en uno mismo. Y al verlos correr, a lo largo de la playa, divisaba el desvanecer de sus siluetas, mas no las de sus sueños que me advertían que, al haber sido capaz de ver más allá, a través de sus ojos, serían ángeles que llegarían lejos, muy lejos. Y lo deseé con todo mi corazón; como alguien lo deseó al verme a mí correr alguna vez. Te contaré, mi cielo. Resulta que en algún momento de mi vida, Dios me regaló una guía espiritual y algún día, cuando ella tenía que partir, me dejó algo escrito que decía así: “Te he visto nacer y caer del nido; eras una cría, un pequeño halcón indefenso con las alas frágiles y quebradizas; tus ojitos expectantes no podían aún contemplar el sol y sólo buscabas el refugio bajo las alas cálidas de tu madre. Ahora es tu turno, halcón. Es momento de expandir las alas y elevar el vuelo. Estás preparada para volar, para ver hacia lo alto, para contemplar el sol. Dios será tu Norte, tu corazón el Sur. Este y Oeste serán tus firmes alas. No caerás jamás porque el vuelo de un halcón es en lo alto. Llegarás lejos, halcón, muy lejos”. Y sí, he llegado lejos; a donde he querido, gracias a mi Norte y gracias a mi Sur, a mi Este, a mi Oeste y a muchas agujas intercambiables de la brújula de mi vida. Pero aún falta mucho camino por recorrer; mucho cielo por volar; muchos nidos por construir; y muchos soles por contemplar. Y te confesaré algo, corazón. Te confieso que te amo y que tú, junto con mi Dios te has convertido ya en mi Norte también.


Ver la vida a través de los ojos de un pequeño. Tarea difícil. Pero al menos, quisiera morir en el intento.
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