Tras la atenuante bruma que observaba Guillermo por el ojillo del cerrojo de la puerta construida con madera, se escondían ligeros y anaranjados rayos de sol que atravesaban las nubes violetas carentes de tibieza. El día era frío, tanto como si fuera a predecir el suceso. Guillermo acechaba impaciente como vil depredador que escudriña a su inocente presa. A lo lejos se alcanza a observar un montón de gente caminar por las aceras. Unos aparecían y desaparecían entre la niebla, hombres vestidos de trajes oscuros y mujeres portando elegantes vestidos; de cerca, una mujer de avanzada edad trae consigo, de la mano, a una pequeña de ocho años que, vistiendo al margen de la ocasión, lleva puesto un hermoso vesitidito en colores verde seco y beige, y unas mallitas de lana del mismo último color. Lucía, con la elegancia, picardía y ese toque de niña-mujer que la distinguía, tras haber sido maestra de ceremonias en el magno evento, se acercaba a casa de sus abuelos soltándose de la mano de su tía y saltando extasiada en celebración de su exitosa actuación. Lucía, sin saberlo nadie; más que Dios, sería presa nuevamente.
“¡Venga a darme un beso, Tito, que me lo merezco! Y también quiero un platito de frijoles con una tacita de café con leche, no tan calientito, así como me gusta abue… mmhh, bueno, sí. También le acepto sus tortillas de harina, ¡qué rico con este frío!, ¡usted sí que es una buena cocinera abue!”. Dame tu saquito, mi cielo; lo pondré en “el cuartito”; dijo ella. El famoso “cuartito” y debajo de “la nave espacial-comedor” eran los lugares preferidos de Lucía desde que tenía 5 años. Ahí se convertía en todo, y a la vez, se volvía nada. “¿Abue?, ¿puede decirle a mi tía, antes de que se vaya, que le diga a mamá que venga por mí cuando se desocupe?”. Tu tía se ha ido ya, pedazo de cielo, pero tus papás vendrán más noche; contestó el abuelo; ven y siéntate a la mesa para que nos cuentes tu éxito mientras meriendas; luego, podrás ir a jugar. A Lucía le encantaba narrar experiencias sin perder siquiera un sólo detalle; decía que de grande quería ser escritora, directora, cuentacuentos y dueña de un circo. La mujer que ocupaba un cuerpo de niña tenía sueños infinitos, fantasías divinas y benévolos anhelos; sin olvidar su imaginación que sería su compañera de vida. “Pues les cuento que el lugar estaba muy… ¿cómo se dice?, ¿exubiroso?, ¿exubitoso? ¡Ah!, ¡eso abuela!, ¡exuberante! Gente de todos lados, señores y señoras muy elegantes y así como que ‘riquillos’, ya saben, de esos que les dicen ‘gente nice’. Lucía alcanzó a darse cuenta de la confusión marcada en los rostros de sus abuelos y con picardía les continuó diciendo: “…Bueno, bueno, ‘nice’ es una palabra en inglés que significa agradable, pero yo no sé por qué la utilizan para referirse a la gente rica si algunos no son nadita, nadita agradables. Pues total, había de todo en el evento; creo que yo era la única niña y todos iban a saludarme y a felicitarme; y dice mi tía que yo sólo me ponía rojita y educadamente contestaba ‘gracias’, ‘oh, muchas gracias, qué amable’, ‘disculpe, y ¿usted quién es? No lo conozco, pero gracias señor’, ‘sí señora, este vestidito lo compró mi madre para que lo usara en esta ocasión, ¿me veo bonita, verdad?’, ‘no estoy nerviosa señora Inspectora, así me río y me sonrojo cuando hace mucho frío’, ‘no tengo palabras, señor Presidente, es usted muy generoso por lo que me dice’. Yo no recuerdo nadita de eso, porque se me hace que sí me puse nerviosa Tito, pero ya sabe usted que nomás poquito y ya. Además, lo mejor de todo fue que no me equivoqué en nada del programa, leí muy clarito y cuando recité el poema todos me aplaudieron como cuando toqué ‘Silent Night’, bueno, ‘Noche de Paz’ en flauta. Me gustó mucho cómo quedó todo, pero al final fue el brindis con esa cosa que se llama ‘Champagne’ o no sé qué y ‘guacala’, a mí no me gusta. Mejor mi cafesito con leche, ¿verdad abuela?, por eso le dije a mi tía que me trajera aquí mientras ellos se iban a la reunión. Además, yo no hubiera querido ir a la Quinta de la maestra Quetina, ¡imagínense el frío!, ¡ay no, eso sí me gusta, pero el aburrimiento no! (sonrisa pícara). Oye abue, ¡qué ricos frijoles!, ¡ahora sí que te luciste!, pero mi pancita ya está llena y mejor voy a buscar a mis primos para jugar. ¡Gracias señores abuelos! (risillas nuevamente, denotando que Lucía estaba de muy buen humor)”. Como siempre y en todo lugar, Lucía era de los 3 más pequeños de los tantos primos. La mujer más chica, la más inteligente, pero también la más inocente y buena. Optando por salir por la puerta trasera, la que daba a las demás casas, corrió presurosa para ver si lograba encontrar a sus primos (Guillermo y Ana), justo cuando quitó el cerrojo de la puerta y ésta se entreabrió, Lucía se percató de que no traía puesto su saco y su vestidito no era lo suficientemente protector contra el viento fresco de esa tarde. El reloj cucú de la cocina marcaba las seis con veinticinco minutos; también era el favorito de la pequeña. La abuela lavaba la loza, mientras el abuelo, sentado en la “nave espacial-comedor”, leía algunas notas interesantes del periódico y se las comentaba a su esposa. Probablemente no encuentres a tus primos, chiquita; creo que tus tíos salieron de compras y se llevaron a Ana; Guillermo no sé si ande por ahí; anunció la abuela, pero puedes irte al estudio y leer unos libros nuevos que adquirí para ti, sé que te gustarán; los coloqué sobre el buró que está a un lado de la mesita del té. “¡Gracias abue, sabes que me encantan los libros! ¿Me los podré llevar a casa?”. Los que quieras, amor; contestó ella.
Lucía, sin perder esperanzas, como era su costumbre, decidió continuar con su plan. Iría al “cuartito” a recoger su saco y saldría a buscar a sus primos, si no los encontraba; entonces jugaría con las nueces caídas del nogal. Ana era una niña de doce años, piel blanca y cabello negro, mucho muy rizado; su hermano, Guillermo, era ya todo un hombre; con dieciocho años y un gusto agudo por el futbol, su cuerpo era característico de todo un deportista. Y Lucía. La pequeña de ocho años con un cuerpecito de una niña de diez, mentalidad de una señorita de doce y modales de una mujer de dieciocho, pero corazón de una recién nacida.
¿En dónde está la niña, viejo?; preguntó la abuela. Déjala, debe estar jugando o leyendo, ya sabes que ese ángel es impredecible y que de cada rincón hace todo un paraíso; andará por ahí, no te preocupes Ana María; masculló el abuelo. Acto seguido, ambos se reincorporaron a sus actividades. La antigua casa de adobe prodigaba suaves olores a cacao y rosas; el café que nunca faltaba y los rosales siempre vivos de la abuela. Extraño, pero ese día, Lucía sentía un frío no tan peculiar dentro de la casa. Pegó su nariz a una de las ventanas y notó cómo el vaho cubrió esa pequeña área. Efectivamente, hacía frío adentro y afuera. “…y un borreguito gritó: ‘¡ese ahí se queda!, ¡ay, ay, ay qué alegres van!...” cantaba feliz Lucía mientras llegaba al “cuartito” para cubrirse con su hermoso saco beige “de piel de osito polar”, como ella lo llamaba. La puertecilla amarilla estaba entreabierta y la cortinilla que le seguía, asida con un listón grueso de seda dorada; la lámpara en forma de una diosa griega estaba encendida y el pequeño cuartito contiguo se iluminaba gracias a esa luz. Allí estaba el saco de la pequeña Lucía. Pensó en encender el foco, pero concluyó que había suficiente luz y que no necesitaría tanta para sólo entrar por su saco y salir nuevamente. Escuchó un sonido extraño y se detuvo. “¡Qué susto me has metido, Guillermo! Apenas saldría a buscarlos a tu casa, vine por mi saco. ¿A qué hora entraste aquí? ¡Nadie te vio!”. Lucía hacía muchas preguntas, Guillermo se fastidiaba. Llegué hace un momento, vine a buscar unas cosas para papá; contestó tajantemente; pero ¿qué haces tú vestida así, tan linda?; preguntó en un tono misterioso. Lucía le explicó la razón de su vestimenta tan propia de una mujersita y se dirigió al pequeño cuartito dentro del “cuartito” en donde la abuela había colocado su saco. La piel abrigada de la pequeña, rozó el cuerpo fornido del chico y éste no pudo contener la reacción. ¿A dónde vas, Lucy? Quédate aquí, Ana no está, pero si quieres, yo puedo ser tu compañero de juegos; dijo un tanto nervioso. “Pero, pero… mamá no tarda en venir por mí y quiero ir al patio a recoger algunas nueces…”, contestó Lucía un poco sobrecogida por las sensaciones desconocidas que se respiraban en el “cuartito”. Espera, sólo jugaremos un rato; insistió el chico, mientras se apresuró a la puerta para asegurar el cerrojo. Lucía comenzaba a comprender que eso no iba por buen camino. “Oye espera, ¿qué haces? Ya no quiero jugar contigo Guillermo”; le gritó la niña asombrada. Tú fuiste quien llegó aquí, ahora te aguantas. No va a pasarte nada, no te asustes; sólo tienes qué guardar el secreto; aligeró la voz. “No lo hagas primo, por favor. A mí no me gustan estos juegos”, decía Lucía inquietada, mientras escondía sus manos, apretaba sus blanquecinos dientes y fijaba su mirada atemorizada en otros lados. La pequeña había comenzado a sudar, sentía una rabia incomprensible para su corazón infantil, quería gritar e incluso, tomar a la diosa griega y golpear con ella la cabeza de Guillermo, pero todo parecía estar inmóvil; los segundos pasaban sin pasar, el latir del corazón acelerado de Lucía resonaba en toda la habitación, el vaho de las ventanas cubiertas por cortinas se convertía en bocanadas de aire que congelaba los sentidos de la niña. Y ésta, enmudecida, se pasmó. La escena hubiera sido desgarradora para quien la hubiera presenciado, sólo para aquellos que tuvieran corazón. Guillermo no lo tenía. Tócame, ordenó él. Lucía permanecía inmóvil. Frustrado por la reacción inútil de la pequeña, el chico aceleró su paso. Desabotonó su pantalón y dejó a la vista su miembro. Los atigrados y lindos ojos de Lucía se quedaron sin vida, entumecidos se cerraron y permanecieron así, muy apretados, durante algunos segundos que, para ella, fueron los más eternos. Guillermo alcanzó con fuerza la mano de la pequeña y comenzó a masturbarse con la ayuda involuntaria de ésta. Lucía alcanzaba a guardar en la memoria cada cosa que se iba clavando en su mente como una daga punzante; gemidos, olores, sensaciones de repudio, suciedad, culpa, emociones desconocidas, palpaciones extrañas e indeseadas. “Por favor déjame ir, quiero irme ya”, logró articular calladamente Lucía, al mismo tiempo en que forcejeaba tratando de recuperar su mano, evitando el llanto. Sólo un poco más, falta muy poco para que puedas irte por tus nueces. Ven; abre tu boca, ya es lo último; gimió con su voz agitada. Lucía volvió a sentir que se desvanecía; apretó los ojos nuevamente y comenzó a sentir que Guillermo intentaba vorazmente abrir su pequeña y aferrada boca. Los labios y dientes de Lucía estaban fuertemente contraídos, evitando cualquier emboscada. Las fuerzas no tenían comparación alguna, naturalmente. El miembro del chico logró penetrar la cándida boca de la niña, y ésta sin poder soportar semejante sensación, contrajo su cuerpo en una desenfrenada coartada, llena de repulsión y asco escupió vehementemente y salió corriendo del perverso “cuartito” donde fue presa de un insoportable y detestable error.
Esa noche, Lucía, recostada en su cama, ardiendo en fiebre, sólo pudo articular estas palabras: “No aprietes el cerrojo, por favor mamá, que tengo miedo”. Palabras que ni la madre, ni nadie en ese momento, comprendió.


Ver la vida a través de los ojos de un pequeño. Tarea difícil. Pero al menos, quisiera morir en el intento.
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Lo siento si para algunos resulta un poco fuerte el leer estas lìneas; imagìnense lo que significò para mí el plasmarlas.
Felices Fiestas! Con amor,
Hoy, más que siempre, mi admiración y cariño
Los héroes y seres "Divinos" son reales...
La descripción de ambos está en tu escencia y alma.
Tu lo eres...
Un beso Yu Lo...
Siempre...
El miedo nos devilita,m nos hace creer lo que no es, no te dejes caer!!!
Ni en las peores circunstancias hay que demostrar miedo
porque perderiamos la guerra antes de empezarla
el miedo agarrota y no deja pensar con claridad ni en libertad
un abrazo