"Le tango du Roxanne" me hace incrementar y desvanecer mis emociones al compás de la música, dicen que es como un sube y baja donde desde las hormonas, hasta las neuronas toman parte en el juego. ¿Y mi corazón? Late precipitándose al suspiro que tarda en regresar; y me pregunta y me cuestiona y me exige tanto... tanto, que ya no sé ni qué contestar. "Vuelve a tus labores...", le digo con un tono de melancolía prolongado a mi desesperación momentánea. ¿Momentánea, Lucía?, me pregunto. “No habías derramado una lágrima desde que te sentaste esta tarde a contemplar los trozos de comida, ni siquiera a ingerirlos; y para colmo, ¡las reprimiste!, ¿y aún así me dices que tu desesperación es momentánea? ¡Por Dios!, ¿a quién tratas de engañar querida?...” Por otro lado, mi mente evita pensar; va cerrando cada persiana para que los rayos del sol no penetren en la densa oscuridad que ahora invade. “¿Y quién te crees tú para desmentirme?”, mantengo esa charla introspectiva con el Vaticano de mi alma. “Soy yo, y a la vez, soy tú. Permíteme contarte una historia Lu; despeja tu mente de cualquier nubarrón; cierra esos ojitos atigrados e imagina… imagina como sólo tú sabes hacerlo… ‘Esta tarde, bajo el cielo gris y a medida que el viento apresuraba su paso congelante, contemplé a una mujer. Era una belleza natural, de esas que arrebatan hasta los más insondables suspiros. Estaba viva, pero moría por dentro. Me fui acercando sigilosamente para no estremecer ni su piel, pero me inquietaba tanto su congoja, que quise apoderarme de su sentir en un instante. Creía que nadie la observaba, lloraba en silencio y maldecía por dentro sin saber qué maldecir. Benditos labios, pensé. Benditos porque aún queriendo gritar llenos de ira, mantienen su elegancia, mantienen compostura. La mujer de piel canela mojaba sus mejillas color cereza con gélidas lágrimas que emanaban de sus ojos y sentía, sentía que…’ “Disculpa la interrupción, corazón, pero… me cuesta escuchar esa historia en este momento. No sigas más”, le dije. Presiento que ha vuelto a mi mente ese sofisma ambiguo que se sujeta furtivo a las dendritas de mis neuronas. Falsedad, corazón… falsedad. Argucia que no puede ser advertida por ti, que eres un pibe ingenuo que aún juega escondidillas al azar; así que mejor calla de una vez, por hoy, pusilánime inquilino.
Bajé el volumen de mi reproductor. Comienzo a pensar que hasta las notas musicales aturden mi cerebro en estos instantes, “…despegaste del cemento mis zapatos, para escapar los dos volando un rato; pero olvidaste una final instrucción…”, incluso Shakira me fastidia hoy; se van desvaneciendo las letras de su música y yo, me voy quedando en una especie de letargo estimulado. Mis enanos esperan que su Miss regrese mañana con nuevos bríos y mejorada voz. ¿Fingir?... ¡Imposible!
Vuelvo a mi enigma. ¡Oye! También yo tengo derecho a pisar tierra, y ¡vaya que lo necesitaba! Huí por un momento, pero tiré del hilo que había dejado por aquello de que olvidara el camino de regreso. O quizá, ¿me hicieron regresar? No lo sé. Hace un tiempo escribí que ser un cazador de mariposas es otro juego de azar, uno nunca sabe cuál va a atrapar; puede ser, a simple vista, la más linda de las Monarca y resulta ser, al bien observarla, alguna clase extraña de singular palomilla. Esa es otra falacia, solemos confundir una Danaus plexippus con una Grpholitha molesta, así como confundimos una cara tierna con un corazón desaliñado. ¡Vaya embrollo! En ocasiones me gustaría ser como tú, un pibe que se las cree toditas, toditas; como un niño que posea tal pureza que le sea casi imposible desordenar ideas, intrincar sentimientos. Pero no. He de ser como aquel guerrero que subió la cuesta para buscar la Verdad, y Verdad con uve mayúscula; y que bajó finalmente con ella bajo un brazo, y bajo el otro, sujetando el corazón de un niño.

“Vuelve a tus labores”, le dije nuevamente al corazón. Sí, nuevamente pretendo desentenderme de él, porque he dicho ya que no deseo hacer un pacto, a menos que me lo pida con encanto, elegancia y gallardía. “Cierra tus ojos, Lucía”, lo escuché musitar. “Cuando cierro los ojos pienso en lo que no debo pensar esta noche plagada de estrellas vacías en el firmamento, ¿qué no entiendes?”, le grité molesta, desesperada por segunda vez. Qué bueno que el corazón es corazón y es yo al mismo tiempo. Y qué bueno que si me tallo los ojos es en señal de sueño y no de otro sentimiento. ¿No más lágrimas para Lucía el día de hoy? ¿Acaso es que su alma ha quedado limpia ya? Porque para Lu, las lágrimas purifican el alma, y quiero pensar que éstas lo hayan logrado hoy. Como quizá para aquella mujer de piel canela y mejillas color cereza, las lágrimas hayan sido como un filtro o como una artimaña perfecta. Un perfecto ardid.

Y entonces… la morena de ojos atigrados cerró los ojos y al compás de “Park on piano”, soñó.